TRASCENDER

UN ARBOL, UN LIBRO, UN HIJO

Se dice que aquí está la trascendencia de una persona.

Lo del árbol lo entiendo como parte de esa maravillosa comunión que tenemos con la naturaleza de la cual somos sus señores.

El libro nos une a la gran cadena de esfuerzos que realiza el hombre para expresar sus conocimientos y su percepción de lo bello y horrible de la vida.

En el hijo es donde encuentro la verdadera trascendencia. Soy yo en otro y el otro en mí.

El árbol dará fruto según su naturaleza; el libro no da nada de sí, soy yo mismo expresado y compartido. El hijo da de sí y de mí.

Mi hijo es él y soy yo. Si lo dejo crecer como árbol no será mi hijo, tampoco si lo quiero escribir como libro. El equilibrio entre ambos es como andar al filo del precipicio con el hijo en la espalda: si caigo, también cae.

Al árbol se le usa, al libro se le interpreta; al hijo se le ama.

Como padres, amar al hijo significará muchas veces prepararlos para ser usados sin que por ello se consideren una cosa, para ser mal interpretados sin que dejen de ser honestos consigo mismos.

Árbol, libro e hijo exigirán tres actitudes diferentes al que desea trascender. El árbol, respeto por la identidad del otro; el libro, transparencia de decir lo que somos; el hijo, capacidad de compartir un camino juntos.

Exigirán, también, dos amores con una manera de amar. Amar la identidad del otro, amor a uno mismo y vivirlo en comunión.

PARA PAPA

«Padre, yo sé que siempre me escuchas» Jn. 11,42

Esta es la convicción sólida y segura que acompaña a Jesús durante toda su vida. Ha sido enviado por el Padre para salvar el mundo y sabe que nunca lo dejará solo. A pesar que en la crisis de la cruz pueda haber exclamado «¿por qué me has abandonado?», en esa misma cruz termina su vida diciendo «en tus manos (Padre) encomiendo mi espíritu».

Para los hijos esta es una experiencia fundamental. Saber que a pesar de los muchos o pocos errores que puedan cometer nuestros padres (conocen que nadie es perfecto) lo que en realidad les importa es saber que pueden contar con ellos y que nunca les van a dar la espalda.

Cuando las cosas materiales pasan a ser las mayores exigencias de los hijos, lo que sucede es que hay un vacío humano que intenta ser llenado con sustitutos que sean paliativos de esa ausencia. El calor de una presencia paterna, la luz de su consejo, la caridad de su disciplina, la ternura de sus juegos compartidos... ¿acaso podrán ser reemplazados con algo distinto? ¿funcionan igual los miembros naturales que las prótesis?.

Los docentes y aquellos que tienen contacto con los niños y jóvenes podemos dar fe de la diferencia que existe entre aquellos muchachos que proceden de una familia que les proporciona seguridad y aquellos que carecen de ella. Su capacidad de entregarse a la tarea de construir su propia vida es distinta: los primeros saben que quizá se equivoquen, pero siempre podrán volver sobre sus pasos y encontrarán brazos abiertos; los segundos quizá nunca emprendan nada grande porque se sienten solos, y eso los acobarda.

Jesús madura su convicción de contar con el Padre a través de muchos y prolonga¬dos diálogos con él, de manera especial en la soledad del lugar apartado reservado exclusivamente para la intimidad del tú a tú. Nada ni nadie es más importante, son todo el uno para el otro, el uno con el otro... el diálogo entre Jesús y el Padre es el que alimenta la fidelidad hasta la cruz: fidelidad del Padre que nos ama hasta entregar por nosotros a su Hijo amado; fidelidad de Jesús que ama tanto al Padre que se entrega por nosotros en el cumplimiento de su voluntad.

Papás ¿quieren que sus hijos descubran, amen y practiquen todo lo bueno que ustedes les están dando? el camino es que tengan con ellos momentos exclusivos de comunicación

cuanta risa, qué poca felicidad!

¡CUÁNTA RISA, QUÉ POCA FELICIDAD!

En este mundo que vivimos todos nos quieren enseñar el modo como vivir riendo, pero no el camino a la felicidad.
Queremos ocultar en la risa frustraciones y desconsuelos, y en nuestra convivencia social no podemos demostrar debilidad.
Parece un sin sentido que alguien «se haga problemas»: lo importante es gozar y no complicarse la vida.
Nos estamos reduciendo a un simple funcionar; mientras cumplas tu papel, el resto puede esperar.
¿Ser feliz?: es actuar de acuerdo a como lo esperan los que, como nosotros, han vaciado de ser su vida.
Nos están estrangulando, pero debemos sonreir. No encuentra sentido la vida, pero estar triste es de raros.
Masturbamos nuestra conciencia queriendo sustituir con engaños nuestra sed de plenitud, de la hondura que pacifica.
Nos dicen que ser feliz es hacer lo que todo el mundo; integrarse en la masa informe, garantiza nuestro placer.
Nuestra contradicción es grande cuando «ser nosotros mismos», «ser originales», es atenernos a lo que la propaganda impone.
Consecuencia de la alienación son brotes anárquicos y contestatarios; jóvenes revolucionarios de nada y adultos embrutecidos de trabajo.
Nuevas drogas y evasiones que vamos produciendo en el estéril intento de llenar la hueca risa general.
Ser feliz es tener manos llenas: una de Dios y otra de nosotros; pies descalzos en contacto pleno, personal, en humanidad abierta.
Ser feliz es luchar por ideales más grandes que el confort; es sentirse hermano construyendo un mundo más humano y reconciliado.
Venga a nosotros la felicidad, entonces podremos reir, desde lo hondo de nuestro ser, con manos, voces y corazones unidos.

carta a jesús


Querido Jesús:

Aprovechando que se acerca un aniversario más del día en que tú nos encargaste celebrar lo que hoy llamamos "misa", te escribo unas líneas para compartir mis alegrías y preocupaciones contigo ¿quién mejor para entenderme?

En esa oportunidad te reuniste con tus amigos, era un momento muy difícil para todos, ya se escuchaban los pasos, el tiempo de entregar tu vida había llegado.

Quisiera sintonizar con tu corazón; corazón de hombre que ama apasionadamente la vida y que ha sabido defenderla de todo y todos aquellos que la estaban quitando, en especial de aquellos que habían reducido la relación del hombre y Dios a un contrato de leyes y no la presentaban ni vivían, como es en realidad, como una relación de amor entre un Padre con sus hijos y de unos hijos entre sí.

Corazón de Dios que ama hasta el delirio la vida de sus hijos, tanto, tanto, que no pensó como pérdida morir en una cruz precisamen­te para salvar a los que lo estaban matando.

En tu corazón late la fuerza creadora de Dios que hizo al mundo existir; pero ese corazón ahora se encuentra angustiado, triste, lleno de miedo. Te sientes así por el cáliz que debes beber, pero también, como buen padre y madre que eres, por la incertidumbre ¿qué será de mis amigos, de mi madre? ¿se mantendrán firmes en la fe? ¿luego de abandonarme espantados, serán capaces de volver al camino y recomenzar?.

Quisiera ver eso de "tomen y coman, tomen y beban, aquí está mi cuerpo y mi sangre", verlo desde tu corazón y no desde las leyes; descubrir el amor que contiene y no la obligación a cumplir.

Cumplir una ley es algo tan externo y frío, tan impersonal que no descubro tu rostro amigo y una cena se disfruta cuando es entre amigos; podemos comer por obligación, porque sabemos que si no nos desnutrimos, pero nunca disfrutamos cuando se hace sólo por "deber".

Estoy convencido que en tu corazón, cuando dijiste "hagan esto..." no estabas pensando en leyes sino en amor y entrega, en vida y salud, en cruz y resurrección, en persecución y encuentro.

Más de 1000 años han pasado y hoy todavía no entendemos bien lo que has hecho, seguimos pensando, o nos siguen haciendo pensar, que nos dejaste una nueva ley. Hoy nos siguen diciendo que "tenemos que ir a misa" y se olvidan de recordarnos, con igual insistencia, que esa "misa" es la máxima posibilidad de experimentar tu amor y, entonces, cuando vamos, muchos lo hacemos desganados y enojados, mirando el reloj para ver cuándo acaba esa tortura.

¡Qué contradicción!, tú amándonos hasta el extremo y nosotros pensando en salir cuanto antes; tú recibiéndonos con los brazos abiertos y nosotros con la guardia en alto, defendiéndonos o atacando.
Hoy muchos buscamos mil razones para justificar el no ir a la misa: "no tengo tiempo", "voy sólo cuando siento ganas", "eso es cosa del pasado", "los curas son aburridos..."; pero en el fondo sólo hay una razón válida: en la misa no te encuentro como el amigo que me ama, me perdona, me habla, confía en mí y me encarga predicar su Palabra. Entre Tú y yo, y nosotros, se han levantado nuevas murallas, muy semejantes a las que viniste a destruir.

Sinceramente espero, querido Jesús, que en este nuevo aniversario de tu última cena, el Jueves Santo, sea para nosotros una gran oportunidad para redescubrirte presente, vivo, amoroso, en las misas que nos toca vivir.

Quisiera pedirte por los sacerdotes que tienen el encargo de presidir estas celebraciones. Que cada misa sea en verdad para ellos una celebración, una fiesta, un encuentro contigo, que cuando llegues a ellos por la Palabra y por el Pan, se note que has tocado su corazón; ayúdalos porque sabemos que no es fácil mantener vivo el fuego del amor, ayúdalos porque deben cumplir este encargo y poderlo transmitir al resto de sus hermanos y hermanas.

Ellos repiten tus palabras "tomen y coman, tomen y beban", esas palabras suenan muy feo cuando no salen desde un corazón como el tuyo, como el de tu Madre, corazones que aman la vida y por eso entregan la suya, y precisamente, en perderla está su ganancia. Esas palabras son música para nuestras vidas cuando quienes la pronuncian tienen la profundidad del sudor, lágrimas y alegría de quien se entrega como Tú lo hiciste.

Por penúltima cosa debo pedirte para que aumentes el número de tus sacerdotes, no sé qué pasa, si Tú estás medio "tacaño" en elegir, en llamar, o los "tacaños" son los elegidos, los llamados. En todo caso, necesitamos una "inyección especial" de tu Espíritu que vuelva a encender las grandes llamaradas del fuego de tu amor en el corazón de los jóvenes. Sé que allí hay buena madera para hacer una gran fogata y hay buena madera porque Tú la has puesto. Que la fuerza y la experiencia del amor divino que libera logre vencer los miedos y angustias que Tú mismo sentiste cuando debías entregar la vida.

Lo último es reiterarte mi agradecimiento, en verdad no sé qué sería de mi vida si no nos quisieras tanto como lo haces; ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos encontrarte tan cerca y pequeño como es un pedazo de pan?. Mil gracias Jesús.

Hasta la próxima.

Tu hermano, sacerdote y amigo, Max.

mi madre

MADRE

Eres lo más parecido a Dios que conozco:

Existías antes que yo, y desde entonces me amaste.

Antes que pudiera ganármelo,
tu cariño me dio la vida.
En mi profunda intimidad todavía late tu corazón.
De ti mi primer y mejor alimento.

Antes que pudiera hablar, me entendiste.
Antes de caminar y después de caer, me levantaste.
Si triunfé, no me opacaste.
Si fracasé, no me abandonaste.

Siempre dando el primer paso,
permaneciendo, sin importar el resultado,
así son Dios y tú.

Por eso ¿Qué puedo darles que no haya recibido?

Sólo las gracias:

Gracias a Dios por haberte hecho a ti.
Gracias a ti por haberme hecho a mi.